El fútbol y la política, te guste o no, siempre han estado relacionados. Por eso aquí está el capítulo 1 de la serie, FutPol.
Lo que hoy llamamos sportswashing —usar un gran evento deportivo para lavar la imagen de un régimen— no es un invento de Qatar ni de Rusia. Su primer gran ejemplo documentado tiene casi un siglo: el Mundial de Italia 1934. Benito Mussolini quería la sede y quería ganar para proclamar ante el mundo el dinamismo de la Italia fascista. Ese torneo fue el molde original.
El contexto
Mussolini llevaba en el poder desde 1922 y para 1934 gobernaba como dictador. Entendió algo que los dictadores posteriores copiarían durante todo el siglo: nada capturaba la imaginación del público italiano como el fútbol, el espectáculo de masas que llegaba a todos los estratos sociales. Era la herramienta perfecta para hablarle a un país entero.
La sede, un pulso político
La manipulación empezó antes de que rodara el balón. Italia había querido organizar el primer Mundial, el de 1930, pero el privilegio fue para Uruguay. Herido en su ego, Mussolini retiró a Italia de aquel torneo. Uruguay le devolvió el desaire boicoteando 1934, y se convirtió en el único campeón vigente en la historia que no defendió su título. Para 1934, Mussolini presionó a la FIFA hasta quedarse con la sede. Su primer acto de intervención política fue conseguir el torneo mismo.
La maquinaria de propaganda
Con la sede en la mano, se montó una operación a escala industrial. El cerebro fue Achille Starace, secretario del Partido Nacional Fascista y creador de buena parte de la propaganda del régimen. Bajo su dirección, el Mundial se volvió omnipresente: más de 300 mil carteles, estampillas con imágenes del torneo e incluso una marca de cigarrillos llamada Campionato del Mondo. Era imposible caminar por una ciudad italiana sin toparse con el torneo y, con él, con los símbolos del régimen.
Todo apuntaba en la misma dirección. La final se jugó en el Stadio Nazionale del PNF, el Estadio Nacional del Partido Nacional Fascista, ante Mussolini y unos 50 mil espectadores. Existía además un trofeo paralelo al oficial, y más grande, la Coppa del Duce: por encima de la Copa del Mundo estaba la copa del líder. Nada fue improvisado.
Vincere o morire y los oriundi
Sobre el equipo pesó una consigna célebre. Se dice que Mussolini emitió una directiva antes del torneo: vincere o morire, vencer o morir. Conviene la precisión: la frase está atribuida, no documentada como orden literal, y lo más probable es que fuera una metáfora de dar el máximo esfuerzo. El peso psicológico sobre los jugadores sí fue real; la textualidad de la orden, no.
Para reforzar la selección, el régimen explotó las leyes de ciudadanía y reclutó oriundi, jugadores sudamericanos de ascendencia italiana. El caso más llamativo es Luis Monti, que jugó la final del Mundial de 1930 con Argentina y para 1934 vistió la camiseta de Italia. Con él llegaron otros tres argentinos —Raimundo Orsi, Enrique Guaita y Attilio Demaría— y un brasileño, algo posible porque las reglas de la FIFA de entonces permitían representar a más de un país. La justificación del técnico Vittorio Pozzo resume la lógica del régimen: si pueden morir por Italia, pueden jugar por Italia, en referencia a las leyes de servicio militar que obligaban a los descendientes de italianos. El fenómeno no murió con el fascismo: Mauro Camoranesi, nacido en Buenos Aires, ganó el Mundial de 2006 con Italia, ya sin la carga ideológica.
La sospecha de amaño
El capítulo más turbio tiene un nombre: el árbitro sueco Ivan Eklind. Lo documentado ya es inquietante. Mussolini agasajó con una cena a un árbitro la noche antes de un partido de Italia, y el árbitro de otro partido fue cambiado a última hora sin explicación. En la semifinal contra Austria, el temido Wunderteam, Eklind fue invitado al palco privado de Mussolini y durante el juego llegó a interceptar con la cabeza un pase austriaco. El único gol lo marcó Guaita, uno de los oriundi, en una jugada que muchos consideraron fuera de juego. Como premio, Eklind arbitró también la final, que Italia ganó 2-1 a Checoslovaquia en tiempo extra. El delantero Josef Bican sostuvo hasta su muerte, en 2001, que Eklind había sido sobornado.
Aquí está la línea que no se debe cruzar. Pese a todos los indicios, nunca se estableció prueba definitiva de amaño y la FIFA no tomó acción alguna. El historiador Marco Impiglia investigó el tema, no pudo vincular directamente a Mussolini con los hechos, pero halló una alianza entre funcionarios deportivos suecos e italianos y concluyó que la evidencia sugiere un Mundial inclinado a favor de Italia. La formulación precisa: el uso propagandístico está probado; el amaño arbitral está fuertemente indiciado, pero no probado con certeza.
De Italia a Berlín 1936
Italia 1934 no fue un hecho aislado, sino un molde que otros regímenes copiaron de inmediato. Dos años después, Hitler llevó la técnica a otro nivel en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. La sede se había otorgado a Alemania en 1931, cuando aún era la República de Weimar; el régimen nazi la heredó y la aprovechó. Fue una operación de fachada: se retiraron temporalmente los carteles antijudíos y a los visitantes se les presentó una Alemania pacífica y tolerante, lo contrario de lo que era. El contrapunto lo puso el atleta afroamericano Jesse Owens, que ganó cuatro oros y desmintió en la pista el mito de la superioridad aria.
El contrapeso: Sindelar
Dentro de ese mismo mundo fascista, el fútbol también pudo ser un acto de desafío. El 12 de marzo de 1938, la Alemania nazi anexó Austria en el llamado Anschluss. La selección austriaca fue disuelta y a sus jugadores se les dijo que jugarían para el Reich. Para celebrar la unión se organizó un partido entre Austria y Alemania el 3 de abril de 1938, en el estadio Prater de Viena.
El protagonista fue Matthias Sindelar, la mayor estrella austriaca, apodado el Mozart del fútbol. Socialdemócrata, detestaba el nazismo y ayudaba a los miembros judíos de su club. El partido estaba arreglado para terminar 0-0, como símbolo de hermandad, y se advirtió a los austriacos que no convenía marcar. Sindelar falló oportunidad tras oportunidad durante 69 minutos; entonces, en el minuto 70, empujó un rebote a la red. Poco después su compañero Sesta marcó el segundo, y ambos bailaron de júbilo frente al palco lleno de dignatarios nazis. Austria ganó 2-0, rompiendo el pacto. Sindelar se negó después a jugar para Alemania. Nueve meses más tarde, el 23 de enero de 1939, tras semanas de acoso de la Gestapo, él y su novia aparecieron muertos en su departamento por envenenamiento con monóxido de carbono.
También aquí hay que marcar límites. El relato de Sindelar ha acumulado capas de mito. Que fallara goles a propósito es interpretación, no hecho confirmado. Y su muerte es un misterio genuino: se dictaminó oficialmente como accidental, hubo sospechas de asesinato de la Gestapo y también teorías de suicidio, sin versión concluyente. Lo documentado es su resistencia dentro de la cancha; el resto pertenece a la sospecha fundada, no a la certeza.
El patrón que sigue vivo
Italia 1934 inauguró el manual del fútbol como herramienta de régimen: conseguir la sede por presión, envolver el torneo en propaganda, inclinar la cancha —probablemente— y coronar al líder con el triunfo. Ese manual se propagó de inmediato a la Alemania nazi de 1936 y marcaría el resto del siglo. Pero la figura de Sindelar demuestra el polo opuesto: que el fútbol también podía ser un acto de desafío, aunque costara la carrera y, quizás, la vida. Queda la pregunta: si el primer gran Mundial de la historia ya nació manipulado hace casi un siglo, ¿de verdad podemos escandalizarnos hoy cuando el poder político vuelve a meter la mano en el fútbol, o estamos viendo la última versión de algo tan viejo como el torneo mismo?

