Imagínate vivir junto a una presa donde el aire huele a azufre y descomposición, aparecen espumas sobre el agua, enormes extensiones están cubiertas de lirio y, al caer la tarde, enjambres de mosquitos obligan a las familias a encerrarse en sus casas.
Ese lugar existe en México.
Es la presa Endhó, en Hidalgo, un embalse construido originalmente para almacenar agua dulce que desde hace décadas recibe aguas residuales provenientes del Valle de México y descargas industriales.
La contaminación es tal que habitantes de la región la han bautizado como “la fosa séptica más grande del mundo”.
Lo que para millones de personas desaparece al jalar la palanca del baño, bañarse o abrir el fregadero no desaparece realmente. Parte de esa agua sale de la Zona Metropolitana del Valle de México, recorre el sistema hidráulico hacia Hidalgo y termina en la cuenca del río Tula y la presa Endhó.
Décadas después, las consecuencias están a la vista.
Una presa de agua dulce que terminó recibiendo aguas negras
La presa Endhó fue construida en la década de 1950 como un embalse de agua dulce.
Pero en los años setenta su función comenzó a cambiar.
Las autoridades federales desviaron hacia la región aguas pluviales y residuales provenientes de la Ciudad de México. Con el tiempo se sumaron también descargas de un corredor industrial que incluye más de 100 fábricas y una refinería.
La lógica tenía una ventaja aparente.
Además de sacar agua de una capital que necesitaba evitar inundaciones, las aguas residuales contienen grandes cantidades de materia orgánica y nutrientes que podían utilizarse para regar y fertilizar los campos de una región naturalmente árida.
El sistema contribuyó durante décadas al desarrollo agrícola del Valle del Mezquital.
Pero tuvo otro efecto: convirtió paulatinamente a Endhó en un ecosistema profundamente degradado.
¿A qué huele vivir junto a Endhó?
La descripción de quienes viven alrededor de la presa es difícil de imaginar desde la Ciudad de México.
El aire puede estar impregnado de olores a azufre y materia en descomposición. En algunos puntos aparecen espumas sobre el agua y una extensa capa verde cubre parte del embalse.
Ese color verde no significa que el ecosistema esté sano.
Se trata, en buena medida, de lirio acuático, una planta invasora que encontró condiciones extraordinarias para reproducirse gracias a la enorme cantidad de nutrientes presentes en el agua.
En 2024, la superficie ocupada por el lirio llegó a multiplicarse más de 27 veces en apenas unos meses, de acuerdo con estimaciones gubernamentales citadas por The New York Times.
Y esa invasión desencadenó otro problema.
Del lirio a una fábrica de mosquitos
Las densas capas de lirio crean pequeños espacios de agua protegida que funcionan como refugio y zona de reproducción para los mosquitos.
El resultado es que comunidades alrededor de la presa enfrentan enjambres capaces de transformar prácticamente toda su rutina.
Al caer la tarde, algunas familias prefieren encerrarse dentro de sus viviendas. Habitantes han relatado que asados, reuniones y fiestas de quince años han tenido que cancelarse por la cantidad de insectos.
Hay familias que queman cartón dentro de sus casas para intentar espantarlos y que compran varias latas de insecticida cada semana.
Los mosquitos también llegaron a las escuelas.
Daniela Álvarez, directora de una primaria cercana a la presa, relató que los alumnos se mueven constantemente para quitárselos de encima y que incluso ir al baño puede convertirse en un problema porque ahí se concentran los insectos.
La plaga afecta también a los animales.
Un productor de la región tenía un rebaño de 60 ovejas. Según su testimonio, alrededor de 20 murieron después de sufrir infestaciones de mosquitos que les provocaron sangrado y pérdida de lana. Para evitar más pérdidas tuvo que proteger a algunos animales con mallas y vender parte del rebaño.
El problema no está solamente en la superficie
Debajo de la imagen del lirio y los mosquitos existe una preocupación todavía mayor: lo que contiene el agua.
Durante casi dos décadas, estudios gubernamentales han detectado contaminación en pozos utilizados por comunidades cercanas a la presa.
Entre las sustancias encontradas se encuentran arsénico, mercurio y plomo, además de nitratos, bacterias fecales, solventes industriales y compuestos relacionados con actividades petroquímicas.
Un estudio técnico de 2024 encontró además similitudes químicas y moleculares entre el agua de Endhó y la de algunos pozos de abastecimiento, y concluyó que contaminantes de la presa podían haberse filtrado hacia el agua subterránea.
Sin embargo, una funcionaria de Conagua cuestionó esa investigación y sostuvo que los técnicos de la dependencia consideraban que el agua de los pozos se encontraba en condiciones adecuadas.
Cáncer y enfermedades: la pregunta que sigue sin respuesta
Las comunidades también denuncian desde hace años una alta presencia de cáncer, enfermedades renales y otros padecimientos.
Los datos muestran señales que llaman la atención.
En Tula de Allende, uno de los municipios donde se encuentra la presa, las tasas de mortalidad por cáncer han superado el promedio nacional todos los años desde 2016 y en algunos periodos llegaron a ubicarse más de 50% por encima.
En Tepetitlán, municipio vecino, la mortalidad por insuficiencia renal y enfermedades del tracto urinario ha llegado en algunos años a duplicar el promedio nacional.
Pero aquí existe una diferencia fundamental.
Que dos fenómenos ocurran en el mismo lugar no significa automáticamente que uno provoque al otro.
Hasta ahora no existen suficientes estudios epidemiológicos para demostrar que la contaminación de Endhó sea la causa directa del cáncer o de las enfermedades registradas en las comunidades cercanas.
Un exdirector estatal de vigilancia epidemiológica en Hidalgo ha señalado que observa una correlación fuerte y consistente, pero reconoce que falta evidencia suficiente para establecer causalidad.
La magnitud real del problema sanitario sigue sin conocerse.
Una “zona de sacrificio” para que funcione la ciudad
El caso de Endhó plantea además una pregunta incómoda sobre cómo funcionan las grandes ciudades.
El relator especial de Naciones Unidas sobre sustancias tóxicas y derechos humanos ha incluido la cuenca de Endhó entre las llamadas “zonas de sacrificio” de México: territorios donde los costos ambientales y sanitarios de determinadas actividades terminan concentrándose en comunidades específicas mientras los beneficios se generan en otros lugares.
En este caso, buena parte de la historia está vinculada con una necesidad fundamental de la Zona Metropolitana del Valle de México: sacar de la cuenca enormes cantidades de agua residual y reducir el riesgo de inundaciones.
La solución permitió que la ciudad siguiera creciendo.
Pero parte del costo terminó kilómetros más adelante.
El gobierno intenta recuperar Endhó
En 2024, el entonces presidente Andrés Manuel López Obrador firmó un decreto que estableció acciones para restaurar la presa y combatir tanto el lirio como los mosquitos.
Desde entonces se han realizado fumigaciones y trabajos para retirar miles de metros cúbicos de vegetación acuática.
Pero recuperar Endhó no consiste simplemente en retirar el lirio.
Mientras sigan entrando aguas residuales, nutrientes y contaminantes, las condiciones que permitieron el deterioro del embalse pueden volver a aparecer.
Además, el saneamiento enfrenta otro dilema: parte de la agricultura regional depende precisamente de esas aguas residuales ricas en nutrientes, utilizadas durante décadas como una forma de fertilización.
Ese modelo, que alguna vez pareció resolver varios problemas al mismo tiempo, terminó creando otros.
El agua nunca desapareció
Tal vez esa sea la parte más difícil de ver desde una ciudad.
Cuando millones de personas jalan la palanca del baño, toman una ducha o dejan correr el agua de una cocina, el problema parece terminar en el desagüe.
Pero el agua no desaparece.
Solo cambia de lugar.
Durante décadas, una parte importante de los residuos del Valle de México terminó recorriendo kilómetros hasta llegar a Hidalgo.
Ahí, una presa concebida originalmente para almacenar agua dulce terminó convertida en un cuerpo de agua contaminado, cubierto parcialmente por lirio e invadido por mosquitos.
Por eso, para quienes viven alrededor de Endhó, llamarla “la fosa séptica más grande del mundo” no es solamente una frase impactante.
Es la forma en la que describen el lugar donde les tocó vivir.

