Cada enero, en un pequeño pueblo de los Alpes suizos, se reúne una parte clave del poder político, económico y tecnológico del planeta. Presidentes, primeros ministros, empresarios, banqueros, líderes militares y científicos conviven durante cinco días en un mismo espacio. Ese lugar se llama Davos y el evento es el Foro Económico Mundial.
Davos no es una cumbre cualquiera. Desde hace décadas funciona como uno de los grandes termómetros del orden global: ahí no se firman tratados, pero sí se envían mensajes, se prueban narrativas y se miden fuerzas. Lo que se dice —y lo que se calla— suele anticipar conflictos, alianzas y cambios de rumbo.
¿Qué es el Foro de Davos?
El Foro Económico Mundial es una organización privada fundada en los años setenta por el economista alemán Klaus Schwab. Su reunión anual se celebra en Davos, Suiza, normalmente en enero, un mes elegido por ser históricamente “tranquilo” en términos políticos.
La lógica del Foro es sencilla: juntar en un mismo lugar a actores que rara vez se sientan a dialogar cara a cara. Gobiernos con grandes empresas, potencias rivales, países ricos y países en desarrollo. Todo, bajo la idea de que el diálogo informal puede destrabar tensiones que la diplomacia tradicional no logra resolver.
La edición de este año se celebró del 19 al 23 de enero, en un contexto internacional marcado por guerras abiertas, tensiones entre grandes potencias, crisis climática y una revolución tecnológica acelerada por la inteligencia artificial.
El protagonista del Foro: Donald Trump
Aunque Davos suele girar en torno a economía y cooperación, este año el centro de la conversación fue político. Y tuvo un nombre claro: Donald Trump.
Desde antes de llegar a Europa, Trump ya había marcado la agenda internacional con declaraciones provocadoras y filtraciones de mensajes privados con líderes europeos. En Davos, fue más lejos: pidió negociaciones inmediatas para que Estados Unidos adquiera Groenlandia, territorio bajo soberanía de Dinamarca y aliado histórico de Washington en la OTAN.
Trump aseguró que no recurriría a la fuerza, pero justificó la necesidad de “poseer” Groenlandia por razones de seguridad nacional. Dijo que Estados Unidos es el único país capaz de protegerla y que fue un error haberla devuelto a Dinamarca tras la Segunda Guerra Mundial.
La frase que sintetizó su postura recorrió el mundo: “Lo único que Estados Unidos pide es que nos den Groenlandia”.
Groenlandia y la fractura entre Europa y Estados Unidos
La propuesta de Trump provocó una crisis inmediata con Europa. Para la Unión Europea, la idea de que Estados Unidos presione para anexionar un territorio europeo cruzó una línea roja.
Bruselas respondió con un mensaje de unidad y advirtió que reaccionaría de manera “firme y proporcional”. Tras varios días de escalada verbal, Trump bajó el tono y descartó el uso de la fuerza, anunciando un preacuerdo con la OTAN para reconducir la situación.
Aun así, la sensación general en Davos fue clara: la relación transatlántica quedó seriamente dañada. La confianza entre aliados, uno de los pilares del orden posterior a la Segunda Guerra Mundial, ya no es incuestionable.
Ucrania quedó en segundo plano
Mientras Groenlandia acaparaba titulares, la guerra en Ucrania —a punto de cumplir cuatro años— perdió protagonismo en la agenda del Foro. Europa concentró buena parte de su atención en la crisis con Washington, relegando el conflicto con Rusia.
El presidente ucraniano Volodímir Zelenski asistió a Davos, pero su presencia tuvo menos peso que en ediciones anteriores. Las conversaciones clave sobre una posible salida al conflicto se desplazaron a otros escenarios, con el anuncio de futuras reuniones trilaterales entre Ucrania, Rusia y Estados Unidos en Abu Dabi.
Para varios analistas, Davos dejó un mensaje incómodo: Europa se distrajo de su desafío más urgente.
La “Junta de Paz” y el pulso al multilateralismo
Uno de los momentos más disruptivos ocurrió fuera del programa oficial. En una ceremonia improvisada, Trump anunció la creación de la llamada Junta de Paz, una nueva entidad desde la cual, según explicó, se administrará Gaza.
Rodeado de una veintena de jefes de gobierno, presentó esta iniciativa como parte de su estrategia para redefinir la arquitectura internacional. Para muchos observadores, el gesto fue leído como un intento de restarle relevancia a la ONU y sustituir el multilateralismo por acuerdos informales liderados por Estados Unidos.
Las principales potencias democráticas no se sumaron.
Canadá propone otra ruta
En contraste con el tono confrontativo, uno de los discursos más aplaudidos del Foro fue el del primer ministro canadiense Mark Carney.
Carney defendió la necesidad de una alternativa al mundo de potencias hegemónicas. Propuso que los países “intermedios” se coordinen para construir una tercera vía basada en cooperación, reglas compartidas y entendimiento mutuo.
Para muchos asistentes, fue el mensaje más claro de que todavía existen liderazgos dispuestos a defender un orden internacional distinto al de la imposición.
China, influencia sin estridencias
Mientras Estados Unidos y Europa protagonizaban el choque, China optó por una estrategia más silenciosa. Su viceprimer ministro, He Lifeng, defendió la globalización económica, pidió reglas iguales para todos y advirtió contra el regreso de la “ley de la jungla”.
Sin confrontar directamente, Pekín proyectó estabilidad y paciencia estratégica. En Davos, esa actitud fue interpretada como una forma de ganar influencia sin asumir el costo del conflicto abierto.
Inteligencia artificial: el otro gran eje del Foro
Más allá de la geopolítica, Davos estuvo atravesado por uno de los debates más inquietantes del momento: la inteligencia artificial.
Directivos como Dario Amodei y Demis Hassabis advirtieron que la inteligencia artificial general podría superar capacidades humanas en un plazo de entre uno y cinco años.
Hablaron de riesgos laborales —hasta la mitad de los empleos de oficina para principiantes podrían desaparecer—, de bioterrorismo, del control de chips como activos estratégicos y de una posible crisis de sentido en sociedades donde el trabajo deje de ser el eje central.
El mensaje fue claro: la tecnología avanza más rápido que las instituciones encargadas de regularla.
¿Por qué Davos sigue siendo relevante?
Davos no toma decisiones formales, pero anticipa el rumbo del mundo. Esta edición dejó varias señales difíciles de ignorar:
- Estados Unidos se aleja de sus aliados tradicionales.
- Europa enfrenta una crisis de cohesión y liderazgo.
- China consolida influencia sin confrontación directa.
- La inteligencia artificial acelera dilemas económicos, políticos y éticos.
Más que respuestas, Davos dejó preguntas. La principal: si en un mundo cada vez más fragmentado todavía existen espacios reales para el diálogo global, o si estamos entrando en una etapa donde cada potencia juega sola, incluso a costa de la estabilidad común.

