Lo que está por ocurrir con Artemis II
Este miércoles 1 de abril, a las 16:24 horas tiempo de México, la NASA tiene programado lanzar desde el Centro Espacial Kennedy en Florida la misión Artemis II: el primer vuelo tripulado alrededor de la Luna en más de 50 años. Cuatro astronautas a bordo de la cápsula Orión, montada sobre el cohete SLS, el más poderoso que opera la humanidad en este momento, recorrerán una trayectoria de ida y vuelta alrededor de la Luna en un viaje de diez días. No aterrizarán en la superficie. El objetivo es verificar que los sistemas funcionan, que los cuerpos humanos resisten y que la navegación es viable para lo que viene después.
Si las condiciones meteorológicas no permiten el despegue hoy, la NASA tiene ventanas disponibles hasta el 6 de abril, y una ventana adicional a partir del 30 del mismo mes.
Por qué se llama Artemis y qué significa
El programa Apolo llevó a doce hombres a la Luna entre 1969 y 1972. Los doce, blancos y estadounidenses. El nombre Artemis no es casual: en la mitología griega, Artemis es la hermana gemela de Apolo. La elección del nombre fue una declaración de intenciones desde el principio: esta vez, la historia se contará de otra manera.
Artemis II no es un alunizaje. Es el equivalente contemporáneo del Apolo 8, la misión de 1968 que rodeó la Luna sin aterrizar y abrió el camino para que el Apolo 11 pusiera pie en ella un año después. Lo que hace Artemis II es certificar de nuevo que el camino existe, que los sistemas funcionan y que los seres humanos pueden ir y volver. Confirmar eso es el paso previo a todo lo demás.
La tripulación que rompe moldes
Durante décadas, los astronautas que fueron al espacio profundo tenían un perfil muy específico. Artemis II lo cambia de forma deliberada.
Reid Wiseman va como comandante. Victor Glover será el primer hombre afroamericano en viajar hacia la Luna. Jeremy Hansen, de la Agencia Espacial Canadiense, será el primer no estadounidense en hacer ese recorrido. Y Christina Koch será la primera mujer en orbitar la Luna.
La tripulación bautizó su nave con el nombre Integrity.
Christina Koch: la mujer que ya cambió la historia antes de despegar
Christina Koch es ingeniera eléctrica nacida en Carolina del Norte. De niña tenía colgado en su cuarto un póster de la Tierra vista desde el espacio, tomada por el astronauta Bill Anders desde el Apolo 8 en 1968. Décadas después, ella hará casi el mismo viaje.
Antes de ser seleccionada para Artemis II, Koch pasó temporadas en la estación Amundsen-Scott del Polo Sur en la Antártida, uno de los entornos más hostiles del planeta. En 2013 fue elegida astronauta entre más de seis mil aspirantes. En 2019 estableció el récord de la mujer con más tiempo continuo en el espacio: 328 días a bordo de la Estación Espacial Internacional, superando los 289 de Peggy Whitson. Ese mismo año protagonizó junto a Jessica Meir la primera caminata espacial conformada únicamente por mujeres, acumulando 42 horas y 15 minutos en el vacío a lo largo de seis caminatas.
Los trajes espaciales de la NASA fueron durante décadas diseñados con el cuerpo masculino como referencia. Que Koch esté en esta misión no es un detalle simbólico. Es el resultado de décadas de trabajo y de una decisión institucional de rediseñar, literalmente, la infraestructura del espacio.
Cuando le preguntaron cómo se sentía al convertirse en la primera mujer en orbitar la Luna, Koch respondió: “La pregunta es si ustedes están emocionados, porque vamos a llevar todas sus aspiraciones y sueños con nosotros.”
Por qué volver a la Luna: recursos, geopolítica y economía
El programa Artemis tiene un costo estimado de 93 mil millones de dólares hasta la fecha. Para entender por qué Estados Unidos gasta esa cantidad en algo que ya hizo hace más de 50 años, hay que entender que la Luna de 2026 no es la misma Luna de 1969, al menos en términos de lo que significa.
La Luna tiene agua atrapada en sus polos en forma de hielo, en cráteres que permanecen constantemente en sombra. Esa agua puede convertirse en oxígeno respirable para los astronautas y en hidrógeno como combustible para naves espaciales. También tiene elementos de tierras raras escasos en la Tierra, hierro, titanio y helio con múltiples aplicaciones industriales. No es un terreno árido sin valor. Es un depósito de recursos estratégicos.
Pero más allá de los recursos, la carrera por la Luna tiene una dimensión geopolítica que recuerda a la Guerra Fría con actores distintos. El rival de Estados Unidos ya no es la Unión Soviética sino China. Beijing ha aterrizado robots y vehículos en la superficie lunar, trajo muestras del lado oculto de la Luna y proyecta enviar astronautas antes de 2030. En 2026, China prevé que su sonda Chang’e 7 explore el polo sur lunar, la zona con mayor concentración de recursos.
El Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre de la ONU de 1967 establece que ningún país puede ser propietario de la Luna. Pero como señaló la primera astronauta británica Helen Sharman, aunque no se puede poseer un pedazo de terreno, sí se puede operar en él sin que nadie interfiera. Una vez que estás ahí, lo tienes el tiempo que quieras. De ahí la urgencia.
El cambio de modelo: del estado al sector privado
Una diferencia estructural entre Artemis y Apolo es quién financia y quién ejecuta. En los años sesenta, la NASA decidía todo y la industria obedecía. Hoy el sector privado es parte central del programa. SpaceX, la empresa de Elon Musk, participa en Artemis II. Blue Origin, de Jeff Bezos, ya es contratista para la quinta misión prevista del programa. La exploración espacial dejó de ser un proyecto exclusivamente estatal para convertirse en una industria con inversión privada, contratos multimillonarios y lógica de mercado.
Eso también significa que los beneficios económicos se proyectan en dos direcciones: hacia el exterior, con una economía lunar que la NASA quiere habilitar con agua como combustible, minerales estratégicos e infraestructura orbital; y hacia adentro, con los empleos, la tecnología y las aplicaciones terrestres derivadas de cada dólar invertido en el espacio.
El papel de México
México no es solo espectador. En 2021 fue el primer país de América Latina en firmar los Acuerdos de Artemis, el marco internacional que establece los principios de cooperación para la exploración lunar. A la fecha, más de 60 países los han firmado.
Más relevante aún: a través del proyecto Colmena, desarrollado desde la UNAM, México cuenta con tecnología propia de microrrobótica en enjambre para exploración lunar. Gustavo Medina Tanco, el investigador que lo lidera, advirtió que el margen para consolidar esa participación se mide en meses, no en años. Sin apoyo económico inmediato, el único laboratorio espacial mexicano que ha colaborado con la NASA y desarrollado hardware que opera en la Estación Espacial Internacional podría comenzar a desmantelarse.
Lo que sigue
Artemis II no aterrizará en la Luna. Pero si tiene éxito, confirmará que el camino hacia un alunizaje en el polo sur lunar, previsto para 2028 bajo el programa Artemis III, es viable. Y abrirá la puerta a algo más ambicioso: una base lunar permanente como plataforma de pruebas para las misiones a Marte que la NASA proyecta para la década de 2030.
Apolo demostró que la humanidad podía llegar. Artemis plantea una pregunta más compleja: si sabremos quedarnos, y quiénes lo harán.

