El 25 de junio de 1978, Argentina ganó la final del Mundial ante Países Bajos en el Estadio Monumental de Buenos Aires. A unos 700 metros de ahí funcionaba la Escuela de Mecánica de la Armada, la ESMA, uno de los mayores y más emblemáticos centros clandestinos de detención, tortura y exterminio de la dictadura argentina.
Por la ESMA pasaron miles de detenidos-desaparecidos. Allí también nacieron bebés en cautiverio, muchos de los cuales fueron apropiados ilegalmente por miembros del régimen. Desde ese mismo circuito represivo salían los llamados vuelos de la muerte, en los que prisioneros todavía con vida eran arrojados desde aviones al Río de la Plata.
Mientras el país celebraba el Mundial, algunos detenidos vieron los partidos junto a sus propios torturadores. Uno de los jefes de la ESMA, Jorge Eduardo Acosta, conocido como el Tigre, llegó a celebrar los goles de Argentina junto a los prisioneros.
Esa es la contradicción que define todo este episodio: el país que celebraba su mayor triunfo deportivo vivía, al mismo tiempo, uno de los momentos más oscuros de su historia.
Un plan llamado el Mundial de la Paz
El golpe militar había ocurrido el 24 de marzo de 1976. Cuando el Mundial se inauguró, el 1 de junio de 1978, Jorge Rafael Videla llevaba poco más de dos años en el poder.
Los organismos de derechos humanos estiman en alrededor de 30 mil el número de desaparecidos durante la dictadura, mientras que la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas documentó cerca de 9 mil casos en 1984. Son cifras elaboradas con metodologías distintas y no deben leerse como si una invalidara a la otra, pero ambas dan dimensión de la escala de la represión.
El uso propagandístico del torneo no fue improvisado. Una de las primeras decisiones del régimen tras el golpe fue ratificar la organización del Mundial, con respaldo explícito de la FIFA. João Havelange, presidente del organismo, llegó a declarar que Argentina estaba más apta que nunca para organizarlo.
Videla designó al vicealmirante Carlos Lacoste, hombre cercano al jefe de la Armada Emilio Massera, como una de las figuras centrales de la organización. Se creó además el Ente Autárquico Mundial 78, encargado de coordinar el torneo y de proyectar hacia el exterior la imagen de una Argentina moderna, ordenada y alejada de las denuncias sobre represión que comenzaban a circular en la prensa internacional.
El régimen gastó más de 520 millones de dólares en la organización, una cifra enorme para la época. Videla presentó el torneo como el Mundial de la Paz y, alrededor de aquellos años, la propaganda oficial insistía en una consigna que hoy resulta especialmente incómoda: “Los argentinos somos derechos y humanos”.
Incluso el Estadio Monumental fue modernizado antes del torneo por trabajadores que no tenían libertad plena para protestar o ir a huelga.
La dictadura no necesitaba que el Mundial explicara el país. Necesitaba que lo ocultara.
El Mundial no detuvo la represión
La celebración deportiva no implicó una pausa en el terrorismo de Estado.
Durante el mes del Mundial desaparecieron cincuenta personas, entre ellas nueve mujeres embarazadas. Los dos primeros nombres de esa lista fueron Rubén Alfredo Martínez y Celestino Omar Baztarrica, militantes que el 1 de junio, el mismo día de la inauguración, repartieron folletos denunciando la represión en los alrededores de la ESMA y del Monumental.
Ese mismo día, el gobierno decretó asueto para que nadie se perdiera la ceremonia inaugural. Más de 70 mil personas llenaron el estadio.
Mientras las cámaras mostraban banderas, himnos y tribunas llenas, a pocas cuadras seguían funcionando los centros clandestinos de detención.
Ese contraste no fue accidental. Fue precisamente lo que el régimen intentó cubrir con el espectáculo.
El 6-0 a Perú: la sospecha que nunca se probó
El partido más polémico de aquel Mundial sigue siendo Argentina-Perú.
Conviene decirlo desde el principio: ningún tribunal, ninguna investigación oficial y ningún documento han probado que existiera un arreglo entre las dos selecciones.
El contexto deportivo, sin embargo, alimentó desde entonces todo tipo de sospechas. En la segunda fase, Argentina necesitaba vencer a Perú por al menos cuatro goles de diferencia para superar a Brasil y clasificarse a la final. Ganó 6-0 en el Gigante de Arroyito, en Rosario.
Brasil protestó con dureza. Su técnico, Cláudio Coutinho, calificó el encuentro de vergonzoso.
El episodio que más alimentó las dudas ocurrió antes del partido. Videla y Henry Kissinger, ex secretario de Estado de Estados Unidos, ingresaron al vestuario peruano. La visita fue confirmada por los propios jugadores, aunque sus recuerdos difieren. Juan Carlos Oblitas la describió como intimidante; el capitán Héctor Chumpitaz sostuvo que Videla habló de hermandad latinoamericana y les deseó suerte, aunque también reconoció que su presencia imponía respeto y miedo.
A lo largo de los años surgieron otras versiones: que Argentina habría enviado miles de toneladas de trigo a Perú, que se habrían descongelado créditos y que pudo haber existido dinero destinado a jugadores. Algunas de esas acusaciones llegaron incluso a denuncias públicas, pero ninguna terminó produciendo una prueba concluyente de que el resultado hubiera sido comprado.
El exjugador peruano José Velásquez ha sostenido durante años que sí existió un arreglo y ha señalado a antiguos compañeros. Sin embargo, él mismo reconoce que no cuenta con pruebas documentales. Otros futbolistas peruanos han rechazado esa versión y varios han defendido públicamente la honestidad del plantel.
También se ha señalado durante décadas al arquero Ramón Quiroga, nacido en Rosario y nacionalizado peruano poco antes del Mundial, pero tampoco existe evidencia concreta que permita sostener que su actuación estuvo condicionada por intereses externos.
Después de casi medio siglo, el partido sigue atrapado en la misma zona gris.
El periodista Ezequiel Fernández Moores, quien ha investigado durante décadas el Mundial de 1978, ha resumido el problema con una idea esencial: nunca se pudo probar que existiera un acuerdo, aunque la sospecha permanece.
Eso es lo que puede afirmarse con rigor. El resultado fue extraordinario, el contexto fue político y las dudas nunca desaparecieron, pero la existencia de un arreglo sigue sin demostrarse.
La resistencia: las Madres y los periodistas que miraron donde no debían
El régimen quería mostrar al mundo estadios llenos, una organización impecable y un país en paz. Algunos periodistas extranjeros decidieron mirar hacia otro lado.
El 1 de junio, mientras se inauguraba el Mundial, las Madres de Plaza de Mayo realizaban una de sus rondas habituales en Buenos Aires. La televisión pública neerlandesa decidió no limitarse a transmitir la ceremonia oficial: el periodista Jan van der Putten mostró también a las Madres y difundió sus denuncias sobre los desaparecidos.
Las imágenes tuvieron un enorme impacto en Europa. En los días siguientes, cada vez más periodistas extranjeros acudieron a la Plaza de Mayo para escuchar sus testimonios.
La dictadura había invitado al mundo para mostrarle una Argentina ordenada y próspera. Pero al abrir las puertas también permitió que cientos de reporteros vieran las contradicciones que intentaba esconder.
Uno de los episodios más audaces lo protagonizó el periodista neerlandés Frits Barend. Durante la cena de clausura del torneo, él y su fotógrafo lograron ingresar al lugar porque el personal asumió que pertenecían a alguna delegación deportiva. Barend se acercó a Videla, lo felicitó por el Mundial y luego le preguntó directamente dónde estaban los desaparecidos.
Videla respondió primero que aquello era mentira y luego afirmó que Argentina estaba en guerra.
Barend temió represalias. Más tarde, cuando él y su compañero abandonaban el país rumbo a Chile, fueron bajados del avión durante una escala en Mendoza y retenidos durante varias horas sin explicación.
La propaganda funcionaba mejor cuando nadie hacía preguntas.
Algunos periodistas decidieron hacerlas de todos modos.
Los que no fueron
También hubo ausencias con enorme carga simbólica.
Johan Cruyff no participó en el Mundial. Durante años su ausencia fue interpretada principalmente como un gesto político contra la dictadura, aunque posteriormente el propio Cruyff explicó que también existieron razones personales y de seguridad detrás de su decisión.
El alemán Paul Breitner tampoco estuvo en Argentina.
Del lado argentino, el caso más significativo fue el de Jorge Carrascosa, capitán habitual de la selección, quien se apartó del equipo antes del Mundial por motivos que posteriormente vinculó con una cuestión de conciencia personal.
En Europa también hubo campañas para boicotear el torneo. Amnistía Internacional denunció la situación argentina y distintos grupos de exiliados promovieron protestas, especialmente en Francia y Países Bajos.
El boicot nunca consiguió impedir la participación de las selecciones.
Pero consiguió algo distinto: convertir al Mundial en un escenario donde ya no podía hablarse únicamente de fútbol.
¿Y los jugadores argentinos?
Durante años se ha acusado a futbolistas como Daniel Passarella, Mario Kempes, Ubaldo Fillol o Leopoldo Luque de haber mirado hacia otro lado mientras el país vivía bajo una dictadura.
El problema con esa lectura es que juzga desde la seguridad del presente las decisiones de personas que vivían dentro de un régimen represivo.
El historiador Felipe Pigna ha planteado una interpretación más matizada: los jugadores no tenían una responsabilidad particular por la existencia de la dictadura y realizaron su trabajo en un contexto donde criticar públicamente al régimen podía tener consecuencias no solo para ellos, sino también para sus familias.
Eso no significa que todos fueran completamente ajenos a lo que ocurría.
Significa que no puede exigírseles retrospectivamente el comportamiento de militantes políticos.
Carrascosa representa precisamente el contrapunto. Él sí decidió apartarse de la selección por razones personales y de conciencia. Fue una elección excepcional, no una obligación moral que pueda imponerse retrospectivamente a todo el plantel.
La selección argentina ganó el Mundial dentro de una dictadura.
Eso no convierte automáticamente a sus jugadores en cómplices de ella.
El saldo paradójico
A corto plazo, el régimen consiguió buena parte de lo que buscaba.
Argentina organizó el torneo, llegó a la final y levantó la Copa del Mundo frente a su propia gente. Videla apareció en las ceremonias, las cámaras mostraron estadios llenos y durante varias semanas el país proyectó al exterior una imagen de normalidad.
Pero el Mundial tuvo también un efecto que la dictadura no había previsto.
La presencia masiva de periodistas extranjeros permitió que las denuncias sobre desapariciones, torturas y centros clandestinos circularan con mucha más fuerza fuera de Argentina. Las Madres de Plaza de Mayo encontraron una audiencia internacional que antes apenas tenían y, en los meses y años siguientes, surgieron en Europa redes de solidaridad y organizaciones de apoyo.
La primera gran estructura internacional de respaldo a las Madres apareció precisamente en Países Bajos.
Ese proceso no derribó a la dictadura ni produjo por sí mismo los juicios posteriores, pero sí ayudó a construir una red internacional de denuncia y documentación que terminaría siendo importante para la memoria, la presión diplomática y los procesos judiciales de los años siguientes.
Conviene tampoco idealizar ese desenlace.
Hebe de Bonafini recordó años después que, durante el Mundial, las Madres vivieron un periodo de enorme aislamiento y que sufrieron especialmente la indiferencia de una parte considerable de la sociedad argentina. Mientras ellas buscaban a sus hijos, millones de personas celebraban los goles.
La propaganda no funcionó únicamente porque un régimen la impusiera.
Funcionó también porque había una sociedad deseosa de celebrar.
El trofeo como coartada
Si Brasil utilizó el fútbol para adormecer a su sociedad, Argentina intentó utilizarlo para construir una coartada ante el mundo.
La dictadura no organizó el Mundial para ganar la Copa. Utilizó la Copa para intentar ganar otra batalla: la de su imagen internacional.
El régimen ratificó el torneo apenas después de tomar el poder, gastó cientos de millones de dólares, presentó el campeonato como el Mundial de la Paz y convirtió cada victoria argentina en una demostración de normalidad nacional. Mientras tanto, la represión continuó y la final se disputó a escasos minutos de uno de los centros clandestinos de detención más brutales del país.
En medio de todo eso ocurrió un 6-0 que, casi medio siglo después, sigue rodeado de sospechas imposibles de demostrar de manera concluyente.
Argentina ganó el Mundial en la cancha. La dictadura intentó apropiarse políticamente de esa victoria.
Pero la misma operación propagandística que debía ocultar al régimen terminó exponiéndolo. Las cámaras extranjeras encontraron a las Madres de Plaza de Mayo, periodistas europeos hicieron preguntas incómodas y las denuncias sobre los desaparecidos comenzaron a circular con una fuerza que ya no podía controlarse desde Buenos Aires.
La dictadura consiguió su fiesta y consiguió las fotografías que quería.
Lo que no consiguió fue controlar lo que el mundo decidió mirar.
Y ahí está la paradoja final de Argentina 1978: al abrir el país para que el mundo la aplaudiera, la dictadura abrió también la puerta por donde entró la mirada que terminó revelando aquello que pretendía esconder.
FAQs
¿Argentina estaba bajo una dictadura durante el Mundial de 1978?
Sí. Argentina estaba gobernada por una junta militar encabezada por Jorge Rafael Videla, que había tomado el poder mediante el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976.
¿La dictadura utilizó el Mundial de 1978 como propaganda?
Sí. El régimen invirtió enormes recursos en el torneo y lo utilizó para proyectar una imagen de orden, unidad y normalidad mientras continuaban las desapariciones, la tortura y la represión.
¿La ESMA estaba cerca del estadio Monumental?
Sí. La Escuela de Mecánica de la Armada, uno de los principales centros clandestinos de detención de la dictadura, estaba a pocos minutos del Monumental, donde se disputó la final.
¿Argentina arregló el partido contra Perú en 1978?
No existe una prueba concluyente de que el partido haya sido arreglado. El 6-0 generó sospechas desde el momento en que ocurrió y existen testimonios y teorías sobre presiones políticas, pero nunca se pudo demostrar oficialmente un acuerdo.
¿Videla entró al vestuario de Perú antes del 6-0?
Sí. Videla y Henry Kissinger visitaron el vestuario peruano antes del partido. Los propios jugadores han confirmado la visita, aunque existen distintas interpretaciones sobre su significado.
¿Las Madres de Plaza de Mayo protestaron durante el Mundial?
Sí. Continuaron sus rondas y lograron atraer la atención de periodistas extranjeros, especialmente de medios neerlandeses, lo que ayudó a internacionalizar las denuncias sobre los desaparecidos.

