El miércoles parecía una mañana como cualquier otra para Rajendra Dawadi, director de la Escuela Secundaria Tribhuvan Trishuli, en Nuwakot, un distrito al norte de Katmandú, la capital de Nepal.
Eso cambió alrededor de las 9:10 de la mañana, cuando el contador de la escuela irrumpió en el aula donde Dawadi daba clase y advirtió que una gran inundación avanzaba a toda velocidad por el valle de Trishuli, destruyendo casas, puentes y poblados a su paso.
La alerta comenzó a confirmarse casi de inmediato. Familiares que vivían río arriba llamaron para advertir a quienes se encontraban en la trayectoria de la crecida. Otro docente recibió una llamada similar. Instantes después, un padre de familia llegó a la escuela para llevarse a su hijo.
El peligro todavía no estaba confirmado por completo, pero Dawadi tenía muy poco tiempo para decidir.
13 minutos para sacar a 900 estudiantes
Dawadi hizo sonar la campana de la escuela y ordenó a los cerca de 900 estudiantes presentes que corrieran hacia terreno más elevado.
El plantel tenía mil 643 alumnos inscritos, pero en ese momento solo se encontraban ahí los estudiantes mayores, de entre 11 y 18 años. Los alumnos de preescolar y primaria comenzaban clases hasta las 10 de la mañana.
Esa diferencia resultó decisiva.
Según explicó después el director, los estudiantes presentes tenían edad suficiente para reaccionar y correr de inmediato. Si los niños más pequeños hubieran estado en la escuela, consideró, probablemente no habría sido posible poner a todos a salvo a tiempo.
Un autobús lleno de estudiantes que ya había llegado al plantel estaba a punto de iniciar su recorrido de regreso cuando Dawadi ordenó al conductor que diera la vuelta y saliera de la zona lo más rápido posible.
El vehículo alcanzó a cruzar un puente recién construido. Momentos después, el puente antiguo que se encontraba junto a él se derrumbó.
Durante la evacuación, algunos estudiantes entraron en crisis, se desmayaron o quedaron paralizados por el miedo. Los maestros utilizaron sus propias motocicletas para trasladarlos hasta lugares seguros.
Dawadi explicó después la lógica detrás de su decisión: si la advertencia resultaba falsa, lo peor que podía ocurrir era perder un día de clases. Si la ignoraban y la amenaza era real, podían perder cientos de vidas.
La decisión fue tomada en cuestión de minutos.
Alrededor de las 9:23 de la mañana, apenas 13 minutos después de la primera advertencia, un torrente de agua, lodo, rocas y escombros arrasó la zona.
La evacuación permitió que los cerca de 900 estudiantes salieran antes de que la escuela fuera destruida.
Dawadi siguió a sus alumnos hacia una colina cercana mientras el agua avanzaba detrás de ellos. Desde ahí observó desaparecer bajo el torrente la misma escuela donde él había estudiado antes de convertirse, años después, en su director.
Dos integrantes del personal no lograron ponerse a salvo y continuaban desaparecidos hasta el lunes siguiente.
La magnitud del desastre en Nepal
Las inundaciones fueron provocadas tras el colapso de un glaciar en el Himalaya.
Hasta el lunes, al menos 4 mil 200 personas permanecían desaparecidas en Nepal, según distintos reportes, mientras las autoridades esperaban que aumentara la cifra de muertos, que hasta ese momento rondaba los mil.
Solo una fracción de los miles de desaparecidos había podido ser identificada entre los cuerpos recuperados.
En medio de esa destrucción generalizada, la evacuación encabezada por Dawadi se convirtió en una de las pocas historias con un desenlace distinto.
En Bharatpur, al suroeste de la escuela, cientos de cuerpos aparecieron río abajo y las morgues locales recibieron más cadáveres de los que podían albergar.
Durante el fin de semana, los equipos de rescate también tuvieron dificultades para llegar hasta trabajadores atrapados en túneles hidroeléctricos. El Ejército de Nepal informó que drones equipados con cámaras térmicas no habían detectado señales de vida en esas zonas.
Las inundaciones destruyeron además kilómetros de carreteras e interrumpieron las comunicaciones en amplias regiones del país.
Lo que quedó de la escuela
Para Dawadi, la destrucción del plantel tuvo además una dimensión personal.
Ahí recibió su propia educación y, años después, regresó para enseñar y dirigir la institución.
Del edificio construido a lo largo de muchos años ahora solo quedan dos autobuses escolares.
La destrucción de la Escuela Secundaria Tribhuvan Trishuli tampoco fue un caso aislado.
En el norte de Nepal, las inundaciones dejaron a miles de niños sin aulas e interrumpieron su educación.
Save the Children informó que al menos 69 escuelas quedaron completamente destruidas, poniendo en riesgo la continuidad educativa de casi 19 mil estudiantes.
Cuando Dawadi regresó días después al lugar donde había estado la escuela, padres de familia lo recibieron entre abrazos y lágrimas para agradecerle haber sacado a sus hijos antes de que llegara el agua.
Suvina Tamang, una estudiante de 14 años, contó que el edificio de tres pisos fue arrastrado poco después de que todos hubieran sido evacuados.
Dijo que, cuando volviera a encontrarse con su director, quería agradecerle personalmente por haberle salvado la vida.
El director que no quiere ser llamado héroe
Pese al reconocimiento de estudiantes y familias, Dawadi se ha mostrado reacio a asumir el papel de héroe.
Para él, poner a salvo a sus alumnos era simplemente parte de su responsabilidad.
Ahora su preocupación está en lo que ocurrirá después.
Dawadi considera que los estudiantes necesitarán apoyo psicológico para procesar lo que vivieron y que las clases deberán reanudarse cuanto antes, incluso si la escuela tiene que funcionar temporalmente en otro lugar.
Su petición al gobierno de Nepal es sencilla: reconstruir las escuelas destruidas y lograr que los niños regresen a las aulas.
Para los cerca de 900 estudiantes que lograron escapar aquella mañana, sin embargo, el futuro comenzó a definirse en apenas 13 minutos.
El tiempo que tuvo su director para escuchar una advertencia, tomar una decisión y ordenarles que corrieran.

