A finales de julio de 2026, el diario británico The Times reveló que el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, negociaba la venta de una participación minoritaria en los derechos comerciales del Mundial de Fútbol a inversionistas privados. El vehículo creado para la operación se llamaba FIFA Forward Enterprise, o FFE.
La revelación provocó el mayor conflicto institucional dentro de la FIFA desde el escándalo de corrupción de 2015. En menos de una semana, la UEFA amenazó con retirar a sus 55 federaciones de las competiciones organizadas por la FIFA; la Concacaf y la Confederación Asiática se sumaron al rechazo; dos altos funcionarios renunciaron, y la FIFA terminó cancelando el proyecto. Después llegó una exigencia formal para que Infantino dejara el cargo.
El valor periodístico del caso no está únicamente en el plan cancelado. También está en la reconstrucción realizada por el periodista Martyn Ziegler para The Times.
Una serie de decisiones que durante el Mundial parecieron caprichos o episodios aislados —como la reducción de la sanción a Cristiano Ronaldo, el Premio FIFA de la Paz entregado a Donald Trump, las pausas de hidratación o el levantamiento de la suspensión a Folarin Balogun tras una llamada del presidente estadounidense— adquieren, leídas en conjunto, una coherencia distinta: la de un escaparate comercial dirigido a potenciales inversionistas.
Infantino busca un cuarto mandato. Su periodo actual concluye en 2027 y la elección se celebrará durante el Congreso de la FIFA de marzo de ese año.
Cómo estaba estructurado el plan
La filial FFE habría concentrado la explotación de los derechos de transmisión, los patrocinios, la venta de boletos y la operación de eventos del Mundial y de otros torneos organizados por la FIFA.
La empresa estaba valuada inicialmente en 20 mil millones de dólares. El plan contemplaba vender una participación del 20 por ciento a inversionistas privados, mientras la FIFA conservaría el 80 por ciento restante.
La operación buscaba captar hasta 4 mil 200 millones de dólares. Thrive Eternal, vehículo encabezado por el inversionista Joshua Kushner, aparecía como el principal interesado, mientras que J.P. Morgan estaría a cargo de levantar el capital.
A cambio, cada una de las 211 federaciones miembro recibiría hasta 20 millones de dólares mediante un programa llamado Fast Forward, frente a los 8 millones que reciben actualmente por ciclo.
Para aprobarse, el proyecto necesitaba una mayoría simple: al menos 106 de las 211 federaciones, además del aval del Consejo de la FIFA. La fecha límite establecida para responder a la consulta era el 19 de septiembre de 2026.
Hay un dato que vale la pena destacar: 211 federaciones multiplicadas por 20 millones de dólares dan como resultado 4 mil 220 millones, una cantidad prácticamente idéntica a los 4 mil 200 millones que se pretendía captar de los inversionistas.
En términos netos, el capital que ingresaría por la operación sería distribuido casi inmediatamente entre las mismas federaciones encargadas de aprobarla.
Por qué el plan no se sostenía ni bajo su propia lógica de negocio
De acuerdo con el análisis de ESPN sobre el caso, la operación presentaba varios problemas incluso si se observaba desde una perspectiva exclusivamente comercial.
La FIFA no necesitaba capital. Antes del Mundial disponía de alrededor de 2 mil 700 millones de dólares en reservas y se esperaba que el ciclo de 2026 generara cerca de 15 mil millones de dólares en ingresos, aproximadamente el doble que el ciclo anterior.
Tampoco parecía necesitar socios estratégicos, pues acababa de organizar el Mundial más rentable de su historia.
La fecha límite establecida para aprobar el proyecto era extremadamente ajustada y no respondía a una necesidad operativa evidente. Además, la valuación de la filial se fijó mediante una negociación privada, sin un proceso competitivo ni una licitación abierta.
La cronología que reconstruyó la investigación
El valor central de la investigación de Martyn Ziegler está en reordenar una serie de hechos que ya eran públicos, pero que hasta ahora no se habían leído como parte de una misma secuencia.
Decisiones que en su momento parecieron caprichos aislados adquirieron una lógica distinta cuando salió a la luz el proyecto FIFA Forward Enterprise: convertir el Mundial en un escaparate cada vez más atractivo para gobiernos, patrocinadores e inversionistas privados.
En noviembre pasado, Cristiano Ronaldo publicó una fotografía desde una cena de gala en la Casa Blanca. Detrás de él aparecían Elon Musk, el secretario de Comercio de Estados Unidos y, al fondo, Gianni Infantino.
La imagen pasó como una postal más de la relación entre el presidente de la FIFA, Donald Trump y algunas de las figuras más poderosas del mundo empresarial.
Una semana después, la FIFA suspendió dos de los tres partidos de sanción que pesaban sobre Ronaldo por conducta violenta durante un encuentro contra Irlanda. El organismo no publicó los motivos escritos de la decisión.
Dos semanas más tarde, Infantino entregó a Trump el Premio FIFA de la Paz, un reconocimiento creado específicamente para esa ocasión.
En el mismo periodo, la FIFA anunció pausas de hidratación de tres minutos durante cada tiempo de todos los partidos y un espectáculo de medio tiempo al estilo del Super Bowl para la final, pese a que la propia normativa del organismo limita ese descanso a 15 minutos.
Un mes antes del torneo, el Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudita anunció un patrocinio del Mundial.
Y durante la competencia, según la reconstrucción de The Times, Infantino comentó a una persona cercana que después de 2031 podría generarse una cantidad considerable de dinero.
Vistos de manera aislada, todos estos episodios podían parecer decisiones inconexas. Vistos junto al proyecto FFE, dibujaban una misma estrategia: elevar el valor político, mediático y comercial del Mundial antes de abrir la puerta a inversionistas privados.
El caso Balogun: el episodio más grave
El caso que terminó de romper el consenso institucional alrededor de Infantino fue la suspensión del delantero estadounidense Folarin Balogun, expulsado durante el partido entre Estados Unidos y Bosnia y Herzegovina.
Donald Trump reconoció públicamente que llamó a Infantino para protestar por la sanción.
Poco después, el presidente del Comité Disciplinario de la FIFA, Mohammad Al Kamali, resolvió el caso en solitario y levantó la suspensión, en una decisión sin precedente dentro de la historia de los Mundiales.
Una fuente de alto nivel de la FIFA declaró a The Sunday Times que resultaba ridículo pensar que Infantino no hubiera estado involucrado y aseguró que el personal del área disciplinaria quedó consternado.
Infantino negó haber intervenido directamente, pero la secuencia dejó una pregunta imposible de ignorar: ¿cómo pudo una llamada del presidente de Estados Unidos ser seguida por la revocación de una decisión disciplinaria de la FIFA?
El contraste es todavía más grave porque el organismo ha sancionado históricamente la injerencia de los gobiernos en sus federaciones nacionales.
En este caso, la intervención vino del presidente estadounidense, estuvo relacionada con una decisión disciplinaria del principal torneo de la FIFA, fue reconocida públicamente y no tuvo ninguna consecuencia.
La reacción institucional
La amenaza de boicot de la UEFA fue el acontecimiento que precipitó la cancelación del proyecto.
A la condena se sumaron la Concacaf y la Confederación Asiática de Fútbol. En medio de la crisis renunciaron Kevin Lamour, director de operaciones de la FIFA, y Carlos Cordeiro, asesor principal de Infantino y expresidente de la Federación de Futbol de Estados Unidos.
Cordeiro declaró que no había participado en la elaboración de la propuesta, que se oponía categóricamente a ella y que representaba un mal negocio para las federaciones miembro, para la FIFA y para el futuro del fútbol.
La Federación Inglesa retiró por escrito la carta de apoyo a la reelección de Infantino que había enviado a finales de junio y exigió una revisión completa y rigurosa del liderazgo y de la gobernanza de la FIFA.
La Federación de Gales también retiró formalmente su respaldo a la candidatura de Infantino para el periodo 2027-2031. Argumentó fallas relacionadas con el buen gobierno, los procesos internos, el liderazgo y los valores del organismo, y afirmó que Infantino había perdido su confianza para continuar al frente del fútbol mundial.
Hacia el 1 de agosto, la UEFA endureció su postura y exigió la renuncia inmediata de Infantino, al tiempo que dejó abierta la posibilidad de promover una moción de censura.
The Times tuvo acceso a una carta legal enviada por la UEFA desde despachos estadounidenses. En el documento, la confederación notificó que evaluaba posibles acciones legales, procedimientos de arbitraje o quejas regulatorias relacionadas con el proyecto FFE.
La carta exigió a Infantino y a la FIFA preservar todos los documentos y la información vinculada con el proyecto, dejando sin efecto cualquier política interna que permitiera la destrucción o eliminación de esos materiales.
El documento identificó a 14 directivos de la FIFA obligados a conservar la información, entre ellos el propio Infantino.
El presidente de LaLiga, Javier Tebas, también declaró públicamente que Infantino no debía continuar en el cargo. Según Tebas, retirar la propuesta no borraba lo ocurrido ni resolvía el problema de gobernanza de fondo.
Qué sigue
El proyecto FIFA Forward Enterprise fue retirado, pero la crisis que provocó continúa.
Gianni Infantino no ha renunciado y todavía busca un cuarto mandato como presidente de la FIFA. Su periodo concluye en 2027 y la elección se celebrará durante el Congreso de marzo de ese año.
La UEFA mantiene su exigencia de que abandone el cargo y no ha descartado impulsar una moción de censura. Las federaciones europeas permanecen en bloque contra su liderazgo, mientras la Concacaf y la dirigencia de la Confederación Asiática se sumaron al rechazo del proyecto.
Durante una década, Infantino sostuvo buena parte de su poder mediante la distribución de recursos entre las federaciones más pequeñas, una práctica política dentro de la FIFA que se remonta a la presidencia de João Havelange.
El plan FFE buscaba llevar ese modelo al extremo: entregar miles de millones de dólares a las federaciones a cambio de aprobar la entrada de capital privado en el negocio del Mundial.
La operación fue cancelada, pero la investigación dejó expuestos el método, las alianzas y las decisiones que permitieron que avanzara hasta ese punto.
Si Infantino logra sobrevivir a esta crisis, lo hará desde una posición considerablemente más débil. Y si finalmente cae, no será únicamente por un proyecto financiero fallido, sino porque una investigación periodística consiguió conectar decisiones que durante meses parecieron no tener relación entre sí.

