7 de agosto de 2026
Durante el Mundial 2026, miles de personas en México abrazaron a desconocidos. En la calle, en un bar, en una plaza o frente a una pantalla gigante. No hubo presentación ni intercambio de nombres. Hubo un gol, un grito y después un abrazo. Y a nadie le pareció extraño.
Semanas después, muchas de esas mismas personas volvieron a su rutina: cada quien con sus audífonos, caminando entre desconocidos y evitando el contacto visual en el transporte público.
¿Qué ocurre para que, durante un partido de futbol, desaparezcan momentáneamente algunas de esas barreras?
La sociología lleva más de un siglo intentando explicarlo. Uno de los conceptos más conocidos para hacerlo es el de efervescencia colectiva.
¿Qué es la efervescencia colectiva?
El sociólogo francés Émile Durkheim, considerado uno de los fundadores de la sociología moderna, desarrolló este concepto en su obra Las formas elementales de la vida religiosa, publicada en 1912.
Durkheim observó que cuando las personas se reúnen y participan simultáneamente en una misma actividad —cantar, bailar, gritar, celebrar o realizar un ritual— puede producirse una intensificación de las emociones y del sentimiento de pertenencia.
Por un momento, las personas dejan de experimentarse únicamente como individuos separados y sienten que forman parte de algo más grande.
Más de un siglo después, investigaciones sobre comportamiento colectivo han estudiado fenómenos relacionados, como la sincronización emocional y fisiológica que puede surgir cuando grupos de personas realizan actividades juntos. Estudios contemporáneos han encontrado que compartir emociones, movimientos, cantos o rituales puede fortalecer la sensación de unión entre quienes participan.
Un estadio de futbol es prácticamente un laboratorio natural para observarlo.
Miles de personas miran hacia el mismo lugar, siguen el mismo acontecimiento, portan los mismos símbolos y reaccionan casi simultáneamente ante un gol.
Durante algunos segundos, todos hacen prácticamente lo mismo: se levantan, gritan, levantan los brazos y abrazan a quien tienen al lado.
Durkheim creía que algo parecido estaba detrás de la religión
Durkheim llevó su planteamiento mucho más lejos.
Para él, la religión debía entenderse también como un fenómeno social. Su propuesta era que las reuniones rituales producían una energía emocional extraordinaria que los integrantes de una comunidad terminaban asociando con símbolos, objetos o figuras consideradas sagradas.
En términos muy simplificados: parte de la fuerza que una persona experimentaba como algo superior provenía, según Durkheim, de la propia experiencia de encontrarse reunida con su comunidad.
La sociedad, al reunirse, adquiría una fuerza emocional que ninguno de sus integrantes experimentaba de la misma manera estando solo.
Y ese mecanismo no quedó limitado a los rituales religiosos.
Cuando por unos minutos importa menos quién eres afuera
Décadas después, el antropólogo británico Victor Turner desarrolló otro concepto que ayuda a entender estos momentos: communitas.
Turner estudió lo que ocurre durante determinados rituales y situaciones extraordinarias en las que las estructuras sociales habituales pierden temporalmente parte de su peso.
Pensemos nuevamente en un estadio.
La persona que llegó en transporte público y la que llegó en un automóvil de lujo pueden estar sentadas a pocos metros de distancia. Tienen ingresos, profesiones, historias y posiciones sociales completamente diferentes.
Pero cuando cae el gol, las dos se levantan exactamente al mismo tiempo.
Gritan lo mismo.
Celebran lo mismo.
Incluso pueden abrazarse sin haberse visto nunca antes.
Eso no significa que las desigualdades sociales hayan desaparecido. Cuando termina el partido, continúan ahí. Pero durante ese breve momento existe una experiencia compartida que puede colocarlas temporalmente dentro de una misma identidad: la afición, la selección, el equipo o simplemente la multitud que está celebrando.
Por qué ocurre también en conciertos, marchas y ceremonias religiosas
La efervescencia colectiva no es exclusiva del futbol.
Puede aparecer en contextos aparentemente muy diferentes: un concierto, una ceremonia religiosa, una manifestación, una celebración nacional, un festival o un mitin político.
Aunque sus objetivos sean distintos, muchos comparten algunos elementos: personas reunidas, atención concentrada en un mismo acontecimiento, símbolos compartidos, emociones comunes y algún grado de sincronización.
Un concierto tiene canciones que miles conocen y cantan simultáneamente.
Una ceremonia religiosa tiene oraciones, movimientos y símbolos compartidos.
Una marcha utiliza consignas que cientos o miles de personas repiten al mismo tiempo.
Y un estadio tiene camisetas, himnos, cánticos, banderas y, sobre todo, acontecimientos capaces de provocar una reacción simultánea de decenas de miles de personas.
La investigación contemporánea sobre comportamiento colectivo ha encontrado precisamente que la sincronía y la emoción compartida pueden aumentar la percepción de unión y conexión dentro de un grupo.
Por qué los mítines políticos buscan llenar plazas
Este fenómeno también ayuda a entender algo que ocurre constantemente en política.
Un mitin multitudinario no sirve únicamente para transmitir un discurso o convencer a personas indecisas. También puede reforzar entre quienes ya simpatizan con una causa la percepción de que forman parte de una comunidad mucho mayor.
No es lo mismo apoyar una candidatura desde casa que encontrarse en una plaza rodeado de miles de personas que levantan las mismas banderas, corean el mismo nombre y reaccionan simultáneamente ante un discurso.
La multitud se convierte, por sí misma, en parte del mensaje.
La experiencia transmite algo que difícilmente cabe en una publicación de redes sociales: “no estás solo; somos muchos”.
Y también explica parte del valor de un Mundial para las marcas
Algo parecido ayuda a comprender por qué las marcas están dispuestas a invertir enormes cantidades de dinero para asociarse con acontecimientos deportivos masivos.
No adquieren únicamente exposición frente a millones de espectadores.
Buscan insertar su nombre, colores o productos alrededor de un acontecimiento cargado de emoción y significado colectivo.
Un Mundial concentra algo excepcional: durante unos segundos, millones de personas pueden estar pendientes exactamente del mismo acontecimiento.
El gol ocurre una sola vez.
Pero se grita simultáneamente en estadios, casas, restaurantes, plazas y bares.
La publicidad puede intentar asociarse con ese momento, aunque no puede garantizar por sí misma que se produzca la emoción colectiva.
La efervescencia colectiva no se fabrica únicamente con publicidad
Aquí existe una diferencia importante.
Reunir a muchas personas no garantiza automáticamente efervescencia colectiva.
Para que aparezca esa sensación de conexión suelen intervenir varios factores: atención compartida, participación, símbolos comunes, interacción entre las personas y, especialmente, una emoción que circula dentro del grupo.
La presencia física puede intensificar enormemente el fenómeno porque permite escuchar, observar y hasta sentir las reacciones de quienes están alrededor, aunque actualmente también se estudian formas de emoción colectiva que pueden surgir en comunidades y acontecimientos digitales.
Por eso un estadio lleno no necesariamente vibra.
Y un grupo mucho más pequeño puede hacerlo.
La cantidad importa, pero no basta.
El problema es que no dura
Hay otra característica fundamental.
La efervescencia colectiva es extraordinaria precisamente porque no constituye nuestro estado cotidiano.
Sube.
Alcanza un pico.
Y después desaparece.
Cuando termina el partido, se apagan las pantallas, las personas abandonan la plaza y cada una vuelve gradualmente a su vida individual.
Por eso los rituales se repiten.
Cada domingo vuelve el futbol. Cada año regresan determinadas celebraciones. Las religiones reúnen periódicamente a sus comunidades. Los movimientos políticos convocan nuevos actos. Los aficionados regresan al estadio.
Las comunidades necesitan volver a experimentar aquello que las hace sentirse comunidad.
Y quizá eso explica por qué un Mundial puede transformar durante algunas semanas la manera en que miles de desconocidos se relacionan entre sí.
Personas que probablemente nunca se hablarían en el Metro pueden terminar abrazadas en una plaza.
No porque de pronto hayan dejado de ser desconocidas.
Sino porque, durante unos segundos, dejaron de sentirse como individuos separados y sintieron que formaban parte de lo mismo.

